¿SABES ADAPTARTE A LOS CAMBIOS?

“Nada hay absoluto. Todo cambia, todo se mueve, todo revoluciona, todo vuela y se va”. Frida Kahlo.

Si por algo se caracteriza nuestras vidas es por el cambio; nos guste o no, siempre está presente. La adaptación al cambio conlleva un proceso de transformación personal, que en muchas ocasiones supone una crisis en nuestra estabilidad emocional.

Cada persona reacciona de manera diferente ante el cambio; se trata de una cuestión de actitud frente a éste; todas tenemos la capacidad para cambiar, pero no todas tenemos la misma apertura hacia el cambio.

Los cambios pueden ser elegidos o no, adaptarnos a ellos siempre requiere un esfuerzo por nuestra parte; éste dependerá de las circunstancias externas, de los recursos de los que dispongamos para hacerles frente; y de los apoyos con los que contemos.

El proceso de adaptación al cambio nos genera incertidumbre; ya que en mayor o menor medida perdemos, al menos de forma temporal, la seguridad a la que estamos acostumbrados. También produce cierto grado de estrés, que bien manejado puede convertirse en nuestro aliado, éste nos permite mantener la atención para adaptarnos a las nuevas circunstancias; pero, si por el contrario, es demasiado intenso y no disponemos de las herramientas adecuadas para gestionarlo podría llegar a bloquearnos.

adaptación al cambio-2La adaptación al cambio no siempre es fácil, en este proceso se pueden generar momentos de bastante inestabilidad e incluso de desequilibrio emocional; es por este motivo que cuando decidimos cambiar, y sobretodo cuando nos sentimos obligados a hacerlo, aparecen ciertas resistencias y rechazo a éste.

En función de la situación en la que nos encontremos y de nuestros recursos personales; podemos sentir tristeza cuando la adaptación al cambio nos supone una pérdida (familia, amigos, hábitos y estilo de vida conocidos…); alegría si ha sido un cambio elegido; rabia si es algo impuesto; ansiedad o miedo ante lo desconocido…

En ocasiones, estas emociones nos pueden desbordar, sobretodo cuando se trata de un cambio importante para nosotros y que afecta a diferentes ámbitos de nuestra vida; como un cambio de residencia, de trabajo, el nacimiento de un hijo, un divorcio… Cuando no disponemos de las herramientas para gestionar de forma adecuada la situación o nos encontramos en un momento de menor fortaleza, podemos llegar a bloquearnos y quedarnos anclados en lo conocido, sintiendo que no tenemos control sobre nuestra vida y que estamos a merced de las circunstancias.

El proceso de adaptación al cambio, también, va ligado a un proceso de duelo por lo que dejamos atrás y creemos perder.

Sin embargo, cambiar no significa eliminar lo conocido sino ampliar nuestra área de actuación, se trataría de ir más allá de nuestra zona de confort.

Otra creencia que nos limita a la hora de cambiar es que dejemos de ser “nosotros mismos”; es decir, asociamos cambio con pérdida de identidad, creemos que nada volverá a ser igual; pero en realidad, seguimos siendo los mismos cuando cambiamos, sólo que haciendo cosas distintas.

Es razonable que ante la incertidumbre que genera el cambio, tendamos a anticipar sus resultados y prever posibles consecuencias, pero objetivamente muchas de esas anticipaciones suelen ser erróneas, ya que son fruto de nuestros miedos e inseguridades; por tanto, tenemos que aprender a superar esos miedos, y ser conscientes de que la mayoría de las ocasiones (por no decir todas) aquello que tanto tememos no se cumple.

No se trata de mentirnos, sino de adoptar una actitud realista y positiva, entendiendo el cambio como parte de la vida y no como un obstáculo insalvable, se trata de no permitir que las ideas negativas y las anticipaciones catastrofistas nos impidan analizar adecuadamente la situación, y por tanto afrontarla de la forma más eficaz.

La adaptación al cambio se produce paso a paso.

Es importante tener en cuenta cada uno de estos pasos, porque dependiendo del momento del proceso en el que nos encontremos tendremos diferentes estados de ánimo; y esto, a su vez, dará lugar a distintas formas de actuar.

El modelo de la “curva del cambio” tiene su origen en el trabajo de Elisabeth Kübler-Ross, posteriormente Dennis T. Jaffe y Cynthia D. Scott lo adaptaron al proceso de cambio organizacional, a través de cuatro etapas: negación, resistencia, exploración y compromiso; que normalmente se dan en secuencia;  sin embargo, puede ocurrir que el orden de éstas se altere, e incluso que se dé un retroceso, asimismo la velocidad del proceso puede variar, siendo el objetivo final alcanzar la última etapa, la del compromiso.

La curva del cambio es un instrumento diseñado para guiar a las personas, grupos y organizaciones a entender, aceptar y administrar el proceso de cambio. Se emplea principalmente en las etapas tempranas del cambio, o cuando la resistencia a éste es significativa.

1.- Negación

Esta etapa se caracteriza por una sensación de incredulidad: ¿Cómo puede estar pasando?. La negación es un mecanismo de defensa que enmascara la confusión interna; el problema es que negando la realidad y posponiendo el problema, con frecuencia, hace que éste se convierta en algo peor.

2.- Resistencia

Es el momento en que la realidad ya no puede seguir siendo negada; se empieza a comprender que algo está pasando y que el cambio es inminente. Aparece la ira como una actitud defensiva por temor a lo desconocido, la persona siente que la vida no es justa (¿cómo me puede estar pasando esto a mí?) e incluso puede llegar a culpar a otras personas de lo que está ocurriendo.

3.- Exploración

La persona comienza a reconocer y aceptar que el cambio es inevitable; incluso puede empezar a percibirlo como necesario y positivo. A pesar de ser una etapa de mucha incertidumbre, es en este momento cuando se empiezan a buscar soluciones; y si es necesario a desarrollar nuevas habilidades; comienza a enfocarse en objetivos concretos y a darse cuenta de que existen oportunidades para manejar el cambio.

4.- Compromiso

Esta etapa se alcanza cuando se decide aceptar el cambio y adoptar nuevas actitudes. Con el aprendizaje que se ha ido adquiriendo, se empieza a crear y a experimentar con una nueva realidad; la persona comprometida entrará reforzada en un nuevo proyecto y con un mejor concepto de sí misma.

Superadas las cuatro etapas anteriores, se llega al final de la curva del cambio; es el momento de crear e incorporar nuevos hábitos y nuevas rutinas en nuestra vida.

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Cuando nos encontramos ante el desafío de un cambio, también se nos presenta una buena oportunidad para revisar nuestras ideas, creencias y escala de valores.

Para crecer y evolucionar, tenemos que aprovechar los cambios, que inevitablemente, surgen en nuestra vida; ignorarlos o evitarlos, además de imposible solo empeora la situación. Si surge el miedo no permitas que te bloquee; adopta una actitud proactiva y busca los recursos necesarios que te permitan vivir el cambio desde el papel de protagonista.

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